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      EXTRACTOS DEL LIBRO    


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LAURA, 22 AÑOS

Todo comenzó en 1995, cuando yo tenía 16 años. Me di cuenta de que todas las mañanas sentía la necesidad de rezar, pero no como lo haría cualquier persona, sino como una obligación. Procuraba que mi oración agradara a Dios y la encontrara "correcta", así que me persignaba tantas veces como considerara necesarias hasta convencerme de que la persignación había salido perfecta. Además daba gracias al Señor decenas de veces por todo lo bueno que había en mi vida, no quería que Él pensara que yo era una desagradecida y que por eso merecía algún tipo de castigo por su parte.


Me daba miedo escribir determinadas cifras. Llegué a pensar que los números impares eran malos. Más adelante descarté el 6 y todos sus múltiplos por considerarlo satánico
"Paulatinamente fueron apareciendo nuevos pensamientos extraños, esta vez relacionados con los números. Me daba miedo escribir determinadas cifras. Por ejemplo, llegué a pensar que sólo los números pares eran buenos ya que ellos simbolizan la pareja y por lo tanto la familia y lo correcto, por lo que debía evitar cualquier relación con los impares. Más adelante descarté el 6 y todos sus múltiplos por considerarlo un número satánico. Luego también el 14, entre otros, ya que por ser un día importante del ciclo menstrual el sólo hecho de escribirlo podía ocasionarme alguna irregularidad que hiciera que me quedara embarazada. Así que cada vez había menos cifras que podía escribir con normalidad, lo que me afectaba enormemente e interfería de lleno en mi carrera, porque estudiaba Matemáticas.

Con el tiempo, a esto se agregaron otras palabras prohibidas como leucemia, muerte, sida, infidelidad. etc. Sólo pensar en ellas o decirlas me producía una terrible angustia. Pensaba que se harían realidad en mí o que alguno de esos males dañaría a uno de mis seres queridos. Era como sí yo llamara a la desgracia con sólo pensar esas palabras. Automáticamente dejé de decirlas, escribirlas y rehusé visitar cualquier lugar que tuviera relación con mis miedos: cementerios, iglesias, hospitales.

Todo fue empeorando poco a poco, no bastaba con evitar el contacto, eso ya no era suficiente para salvarme y aliviar la profunda angustia que sentía. Empecé entonces a escuchar una especie de voz interna que me daba órdenes. Me hacía ejecutar extrañas acciones o tener ciertos pensamientos una y otra vez, asegurándome que esa era la única forma de evitar que se produjeran todos los desastres que me atemorizaban, como morir de leucemia, por ejemplo. Estaba asustada y comencé a obedecer todo lo que me indicaba esa extraña voz. Efectivamente sentía cierto alivio cuando lo hacía y me quedaba la sensación de que al cumplir esas pautas había hecho algo bueno por mis seres queridos, salvándoles de todo tipo de desgracias. Pero esa sensación de tranquilidad duraba muy poco y pronto aparecía un nuevo pensamiento amenazador que me exigía determinada acción para neutralizarlo. Estos rituales eran cada vez más repetitivos y complicados. En un principio, me decía sólo: "Retrocede cuatro pasos y repite tres padres nuestros para que no te pase tal cosa", pero luego siguió con órdenes del tipo: "Aguanta la respiración durante el mayor tiempo posible o si no te sucederá tal desgracia". A veces en la universidad, cuando estaba realizando un examen, la misteriosa voz aparecía en los últimos minutos antes de finalizar y me decía: "Borra todo lo que has escrito o si no..". Incluso, en una ocasión, subiendo una montaña me ordenó: "No pises ahí o se morirá tu abuela", no pisé y.. me caí.


Todas las noches antes de irme a dormir, la voz interna me hacía encender y apagar la luz de mi habitación más de veinte veces seguidas…

Se me hacía imposible vivir así, cada día lo soportaba menos. No podía tampoco tener relaciones sexuales con mi novio aunque nos protegiéramos con preservativo y pastillas, porque yo sentía que tan sólo con abrazarnos en ropa interior se iba a producir el embarazo, así que lo evitaba. Todas las noches antes de irme a dormir, la voz interna me hacía encender y apagar la luz de mi habitación más de veinte veces seguidas. Mi madre se percató de esta manía y lo encontró extraño. Yo traté de explicarle lo que me pasaba pero me dijo que aunque lo intentaba, no lograba comprenderlo, por lo que decidimos buscar la ayuda de un profesional.

Fui a varios psiquiatras y neurólogos, la mayoría pensó que se trataba de un cuadro de epilepsia sin ataques y me recetaron un sin número de medicinas. Creo que las he probado casi todas: tegretel, cipramil, promyptil, neuleptil y no sé cuántas más. También fui a un psicólogo porque creía que mejoraría si reforzaba mi autoestima y mi personalidad. De algo sirvió, pero jamás disminuyeron mis pensamientos atormentadores, ni la voz, ni mis rituales.

Después de siete años buscando alguna solución real a mi problema, empecé a pensar que se trataba de un fenómeno paranormal, un "poltergeist" o algún espíritu que se había apoderado de mí. Fue entonces cuando supe que existía la terapia cognitivo-conductual. Al conocerla me di cuenta de que me proponía un camino completamente distinto y opuesto a lo que había probado hasta ese momento. Para lograr una mejoría definitiva no había que evitar las palabras, ni los pensamientos prohibidos, sino todo lo contrario. Yo misma debía buscarlos, sufrirlos y quedarme con la angustia habitual, pero cuando la voz me ofreciera realizar el ritual para lograr ese momentáneo alivio, debería frenarme y establecer un fiel compromiso conmigo misma para no hacerlo. No debía seguir esos comportamientos maniáticos bajo ninguna circunstancia, aunque pensara que se podía morir mi madre, ni aunque creyera que yo podría evitarlo haciendo determinada cosa.

El principio de la terapia fue terrible, tenía miles de pensamientos amenazadores que me hacían creer que dependía sólo de mí que no se hicieran realidad. Me hacían sentir completamente responsable de todo lo malo que estaba por venir. Aun así seguí los consejos de los especialistas y no hice nada por remediarlo, aguardé, soportando mi tremenda incertidumbre, a que sucedieran las temidas consecuencias de mi no ritualización, pero éstas no llegaron. Como dejé de hacer caso a la voz que me ordenaba llevar a cabo las compulsiones creo que se ha ido aburriendo hasta casi desaparecer, al igual que los pensamientos absurdos que irrumpían en mi mente sin que nadie los llamara. De vez en cuando aparecen de nuevo, pero ya conozco su amenaza y también sé que hay dos salidas: una rápida pero momentánea, que me esclaviza y me mantiene enferma; y la otra, que aunque es mucho más difícil, es la única que poco a poco ha servido para liberarme definitivamente de mi trastorno. Esta segunda vía me exige un esfuerzo constante, diario, tener un mucho valor, aprender a confiar y convencerme de que yo misma tengo la solución, que de mí depende poder salir de esto.

Actualmente estoy en pleno tratamiento, le pongo todas las ganas y el valor del mundo para obtener los resultados deseados. Una de las cosas más impactantes que he descubierto es que yo misma soy la voz. No sé cómo, pero yo la inventé, al igual que sus terribles sentencias. Todo estaba en mi cabeza, incluso el "manual" de rituales que debía seguir para librarme. Este descubrimiento me ha sido de gran ayuda y me ha permitido seguir adelante.

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