12 Febrero 10 - P. Pérez / E. M. Rull / A. Jiménez Madrid
Las mujeres lo sufren tres veces más que los hombres, y pese a constituir un trastorno mental, sus manifestaciones también son físicas, como taquicardias, fiebre y hasta estados graves de insomnio
Sufrir palpitaciones, aceleración del pulso, sudoración, ahogo o falta de aliento y sentir náuseas son algunas de las respuestas físicas a una situación de peligro. El miedo y el instinto de supervivencia son características comunes a cualquier animal. Huir y evitar momentos que ponen en peligro nuestra integridad física nos ha hecho sobrevivir como especie a lo largo de los siglos. Algo natural e innato que heredamos de los primeros homínidos, ellos tenían miedo porque vivían en un entorno peligroso. El problema del ser humano es que, además, cuenta con un poderoso aliado que se convierte en un terrible enemigo: la imaginación. De esta capacidad tan humana se nutre, muchas veces en nuestra contra, la ansiedad. Un sentimiento normal, que puede producir sensación permanente o puntual y angustiosa de pérdida de control.
Sentir estos síntomas físicos y notar aturdimiento, entumecimiento, mientras la mente se paraliza y se obsesiona con la posibilidad de perder el control, de volverse loco, de no superar el momento y sufrir un infarto o hacer algo trágico e irremediable. Imaginar que existe un peligro real en una parada de autobús, en el metro, en un lugar público, mientras se habla con otra persona y se tiene la sensación de que notará la sudoración o ese temblor imperceptible que invade el cuerpo son síntomas claros de un ataque de pánico. Diez minutos de parálisis en los que el simple hecho de controlar la respiración se complica. «El inicio de estos síntomas se produce bruscamente, alcanzando su máxima expresión en los primeros diez minutos. La duración suele ser inferior a una hora, aunque puede durar bastante más», explica Antonio Cano Vindel, presidente de la Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS).
Cambios de vida
La presentación patológica no es una evolución de la ansiedad normal. Puede ser de tres tipos fundamentales: la crítica, caracterizada por estos repetidos ataques de pánico y episodios entrecortados con o sin agorafobia, que se desatan en situaciones que se relacionan con el descontrol, como los grandes espacios o las aglomeraciones. El sistema nervioso autónomo, que es el que produce los sintomas físicos y que no se puede controlar de forma voluntaria, se pone en movimiento. «La crisis de pánico es la situación de mayor descontrol del ser humano», explica Francisco Ferre, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital General Universitario Gragorio Marañón, de Madrid.
La ansiedad constituye una llamada de atención que produce nuestro cerebro. «Se presenta como el resultado de interpretar de modo catastrófico ciertas sensaciones corporales, en su mayoría relacionadas con respuestas de ansiedad (palpitaciones, sudores...). Estas sensaciones normales y benignas son percibidas como si fueran mucho más peligrosas de lo que realmente son», explica Cano Vindel. Un error de interpretación cognitiva, que pone de manifiesto la incapacidad de nuestro cerebro a adaptarse a las novedades que se producen en nuestra vida. Un periodo de estrés provocado por un cambio de trabajo, un nacimiento, una boda, el perfeccionismo excesivo, los altibajos hormonales, la obsesión en el autodiagnóstico de las propias sensaciones o los hábitos tóxicos pueden producirlas. Así, según la SEAS se apunta a una prevalencia de cualquier tipo de ansiedad en un 13,8 por ciento en la población general, más de seis millones de españoles.
TAG: el enemigo al acecho
La ansiedad flotante o generalizada es el segundo tipo y afecta principalmente a personalidades de tipo neurótico. La persona afectada se encuentra nerviosa de forma constante, inquieta, con un malestar moral y tensión continuos. La preocupación por el futuro y la tensión constantes pueden generar graves problemas de sueño, conocidos como insomnio de conciliación: «No puedo dormir porque estoy preocupado». Es una desagradable sensación constante, que reduce la calidad de vida y que afecta a más habitantes (unos seis millones de europeos frente a cinco), según el Libro Verde sobre Salud Mental de la Unión Europea y cuyas cotas máximas de ansiedad se pueden dar lugar a crisis de pánico.
Afecta casi tres veces más a las mujeres que a los hombres. Así, un 11,6 por ciento de los pacientes que consultan con un cuadro de trastorno de pánico en atención primaria en España son mujeres, frente a un 5,9 por ciento de hombres, según datos de la SEAS. Y aunque suele estar relacionado con los problemas de la edad adulta, los niños no están libres de padecerla. «La mayor parte de los trastornos relacionados con la ansiedad empiezan en la adolescencia, aunque muchas manifestaciones tienen que ver con los problemas de la vida adulta, en los que pueden aparecer unidos a cuadros de depresión», detalla Julio Bobes, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica (SEPB). Los expertos sí que otorgan un pequeño papel a la genética, sobre todo en las crisis de angustia. Pero son las circunstancias sociales las que determinan esta clase de episodios. «Los niños, por ejemplo captan y reflejan la ansiedad de los adultos» explica Bobes. Un reciente estudio de la Universidad de Montreal (Canadá) revelaba que el 15 por ciento de los preescolares, aquellos cuyas madres habían tenido depresión, tenían niveles anormales de ansiedad y depresión.
Pero no todo se encuentra en el cerebro. El 78 por ciento de los pacientes con ansiedad y depresión sufre dolores físicos, sobre todo de espalda, hombros y cabeza, lo que provoca que no puedan rendir en el trabajo al menos durante cuatro días a la semana. Así se desprende de una investigación en la que han participado 7.152 pacientes que acudieron a atención primaria por cualquier motivo, de los cuales más del 13 por ciento presentaba ansiedad generalizada, lo que confirma a este trastorno como la segunda enfermedad mental más frecuente en este nivel asistencial. Asimismo, más de la mitad de estos pacientes presentaba un trastorno depresivo mayor junto con el de ansiedad.
De este análisis se extrae que sólo el 4,6 por ciento de los enfermos con ansiedad generalizada y depresión presentan una funcionalidad normal cuando surgen estos síntomas dolorosos. En cambio, la cifra se eleva al 38 por ciento en los pacientes que referían ansiedad y depresión, pero no malestar físico en alguna parte del cuerpo. El 59 por ciento de los pacientes con ansiedad generalizada refirieron dolor, cifra
que se eleva hasta el 78 por ciento cuando a la ansiedad se une depresión. «En este estudio hemos encontrado que la presencia de síntomas dolorosos en pacientes con ansiedad generalizada es muy frecuente, al igual que sabemos que ocurre en aquellos con depresión», ha señalado Ángel Luis Montejo, del Hospital Universitario de Salamanca y uno de los investigadores del estudio.Esta investagación ha sido elaborada por expertos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca, del departamento de Investigación en Atención Primaria del Servicio Madrileño de Salud, del departamento de Psiquiatría del Hospital Puerta de Hierro de Madrid, del Centro de Salud de la Eria, Oviedo, entre otras instituciones.
Todo ello ha provocado que en los últimos tiempos las crisis de ansiedad copen las consultas de asistencia psiquiátrica, lo que ocasiona que los especialistas cada vez tengan menos tiempo para atender a los enfermos mentales graves. Bobes explica que «muchos de los enfermos mentales graves tienen dificultades para ser atendidos por la invasión de personas que acuden con problemas mentales comunes, como la depresión, cuadros de ansiedad y estrés». Las personas han comprobado que hay posibilidades de recibir ayuda «cuando se pasa por una mala temporada», existen conflictos de pareja o cualquier otra dificultad de la vida diaria, asegura el presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP), Jerónimo Saiz, lo que provoca una saturación en los servicios de psiquiatría. «Hemos pasado de trabajar sólo con los enfermos graves hace dos décadas a que ahora más de la mitad de los tratamientos sean de trastornos mentales comunes», señala Saiz, que opina que sería necesaria mejorar la coordinación con la asistencia primaria para que asumiera gran parte de estos casos.
Un ataque de pánico para el que no se encuentra explicación alguna no suele producirse de manera aislada. Puede no ser sintomático de un trastorno de angustia y, en tal caso, una simple visita al médico o a los servicios de urgencia aliviará la situación con la administración de calmantes. Pero si se repite de forma inexplicable ante situaciones en las que normalmente no suele encontrarse nervioso o incómodo, el ataque puntual puede llegar a convertirse en un trastorno de ansiedad crítico muy dañino.
Los expertos coinciden en que repetidos ataques de pánico producen ansiedad anticipatoria. En palabras de Reid Wilson, director del Centro de Tratamiento de los Desórdenes de Ansiedad de California «produce un estado de tensión física y emocional permanente en anticipación del siguiente ataque. Las personas que comienzan a evitar cualquier circunstancia que asocien con sus ataques pasados, empezarán a restringir cada vez más sus actividades». Anticipar la situación en previsión a un ataque, que con la imaginación se está alimentando, predestina a quien la sufre a un nuevo episodio. El instinto, mal informado, puede convencer a la persona de la necesidad de huir del metro, del autobús o de hablar con los demás: «Si evito estas circunstancias, estaré a salvo», hasta que el miedo invade la vida y encierra a quien la sufre en casa. La agorafobia, y los síntomas de depresión, unidos al aislamiento, pueden aparecer si no se pone remedio a tiempo. «Esa es la base de la ansiedad. La persona que tiene ansiedad se imagina peligros de futuro que no existen en el presente», explica Ricardo Ros, psicólogo clínico y autor del método «Stop a la Ansiedad».
La tercera ansiedad fóbica o situacional puede producir crisis de pánico, pero se diferencia de la primera en que aparece sólo ante la presencia de estímulos ambientales delimitados. Se trataría por ejemplo de fobias sociales como hablar en público o fobias a los insectos.
Solucionar y reeducar
La ansiedad no tiene un diagnóstico fácil. Los síntomas variados y compartidos con otras patologías pueden despistar, tanto a quien padece una crisis, como al médico de urgencias. Identificar el problema es fundamental para empezar a atajarlo. La solución es diferente: ante una caso de fobia social una terapia cognitiva-conductual, mientras que la ansiedad crítica y el trastorno generalizado necesitan de la cooperación médica y psicológica.
Biológicamente, las investigaciones demuestran que ocurre algo en el cerebro mientras se experimenta un cuadro de ansiedad.Se producen alteraciones en el lóbulo frontal y en la amígdala. Hay alteraciones en los neurotransmisores (sustancias que comunican unas neuronas con otras), concretamente con la serotonina y la noradrenalina. «Asimismo influye el equilibro entre dos sustancias naturales del cerebro, el glutamato, que mantiene activo el cerebro y el Gaba, que actúa como tranquilizante», explica Ferre.
Acudir a un especialista en psquiatría y a un psicólogo no estigmatiza a nadie. De hecho, según el Libro Verde, un 54 por ciento de la población, entre los 18 y 65 años, de los Estados miembros padece trastornos de ansiedad, en muchos casos con somatización. Los tranquilizantes palían los síntomas puntuales del ataque, ayudando al organismo a alcanzar el grado justo de calma y los antidepresivos actuarán a la larga. «Los tranquilizantes te calman pero no te curan», explica Enric Zamorano, médico de familia de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria. Las terapias cognitivo-conductuales ayudarán al paciente a relativizar la gravedad de sus síntomas, con prácticas que mejoren la respiración e, incluso, enfrentando al individuo paulatinamente a las situaciones que durante tanto tiempo ha evitado.
Cotillear para «curarse»
Chismorrear puede contribuir a reducir el estrés y la ansiedad, así concluye un estudio en EE UU que vincula una hormona femenina con el comportamiento social y el estado de ánimo de las mujeres. Se trata de la progesterona, una hormona sexual que fluctúa con el ciclo menstrual y que, junto con los estrógenos, contribuye a la formación de los caracteres sexuales secundarios femeninos.
La razón de ese «chismorreo sano» es que sentirse emocionalmente cerca de un amigo aumenta los niveles de progesterona, lo que ayuda a reducir la ansiedad y el estrés, según la investigación, de la Universidad de Michigan. En ella, se apunta a la progesterona como «posible parte de la base neuroendocrina para la vinculación social en los seres humanos», según expone Stephanie Brown, su autora principal. Investigaciones anteriores habían revelado que mayores niveles de progesterona aumentan el deseo de vincularse con otros, pero el estudio actual demuestra que la vinculación con otros aumenta los niveles de esta hormona.
El estudio también vincula los incrementos de la hormona con una mayor voluntad de ayudar a otras personas, algo que, según la doctora, ayuda a entender mejor el comportamiento humano. Para los investigadores, resulta «importante encontrar los vínculos entre los mecanismos biológicos y el comportamiento social humano». «Estos vínculos nos pueden ayudar a entender por qué la gente que vive en relaciones muy cercanas son más felices, están más sanos y viven más que los que están socialmente aislados», subrayó Brown. Para realizar el estudio, los investigadores examinaron la relación entre cercanía interpersonal y progesterona de 160 mujeres.
«Creía que me iba a morir»
Me ocurrió hace cuatro años. Siempre he sido muy perfeccionista, pero nunca había tenido problemas y de repente sobrevino el estrés. Estaba terminando la carrera y había empezado a trabajar. Cogí una semana de vacaciones y al reincorporarme al trabajo en metro, empezó a faltarme el aire y me quedé sin respiración.
Pensé que estaba dando un ataque al corazón, que me estaba muriendo. Pude llegar al trabajo, pero empecé a notar un hormigueo en los brazos y las piernas y me caí redonda, aunque estaba consciente. Me llevaron al hospital y allí me dijeron que había tenido un ataque de ansiedad.
Pero no fue ocasional, seguí con ello un año y me asusté muchísimo. Tenía miedo de que me diera en cualquier momento. Me daba miedo y vergüenza salir a la calle y que me ocurriera en público. Siempre me dolía algo.
Me obsesioné. Pensé que me iba a morir, que tenía alguna enfermedad. Y se lo decía a mi familia. Si tanta gente lo tenía, entonces lo mío era otra cosa. Me machacaba a mí misma. Acudí a un psicólogo, porque el médico de cabecera sólo me dio ansiolíticos y me dejaban hecha polvo.
Aprendí a utilizar herramientas para canalizar la ansiedad y prevenir los ataques. Tiró del hilo y cuando hablábamos siempre salía el tema de la universidad y de una mala compañera. Ahora me encuentro bien y he aprendido a convivir con ello.
«Del agobio, veía negro y las ideas en colores»
Tenía 18 años y la Selectividad me tenía de los nervios. Pensar en el futuro, que me diera la nota para hacer la carrera que quería... El día del examen me empezó a faltar el aire y sentí ganas de vomitar. Lo hice y me empezaron a temblar las piernas. Los nervios se aferraron a mi estómago y empecé a tener problemas con la comida, porque, claro, pensaba que podía vomitar en cualquier sitio, en el autobús, en la calle, en el metro... Y me daba vergüenza, así que dejé de comer. Era como el pez que se muerde la cola. Perdí dos tallas, de la 38 a la 34, se me caían los pantalones y casi me ingresan.
Pensé que tenía depresión hasta que fui a un psicólogo que me dio la receta, sólo dos palabras: «¿Y qué?». Él también descubrió mi inseguridad en relación a mi pareja de entonces, un chico muy guapo al que temía perder. También, en mis primeras prácticas en el trabajo, me adelantaba a los acontecimientos, y lo que era algo normal, como conocer nuevos compañeros, lo veía como un peligro. Quería salir corriendo.
Locura
Pero cuando verdaderamente me asusté fue una noche que no podía dormir. Llegué a pensar que estaba loca porque, del agobio, veía negro y las ideas en colores y me daba sensación de mareo. Pensé que, ojalá fuera algo físico, que me operaran y me lo quitaran y ya está. Para mi la ansiedad era atormentarme.
«Sufría mareos e inestabilidad en la calle»
Es muy difícil de expresar. La verdad es que ahora me encuentro bastante bien, pero durante el tercer curso de la carrera lo pasé muy mal.
Estudié arquitectura y los dos primeros años fueron realmente duros y los viví volcado por completo en las materias. En tercero fue cuando empecé a sentirme algo raro. Sufría mareos, me dolía la cabeza, sentía inestabilidad cuando iba por la calle... Tenía pocas ganas de hacer cosas qeu antes me apasionaban, y no me apetecía salir con los amigos. Es cierto que soy una persona con tendencia nerviosa y me volví un tanto hipocondriaco, porque ante esos síntomas te asustas bastante y piensas que tiene que ser algo muy grave lo que te está ocurriendo.
Decidí ir al médico y el diagnóstico que me hizo fueron unos vértigos. Me recetó unas pastillas que me sentaron fatal y acabé acudiendo a un psiquiatra. Entonces todo empezó a cambiar. Él sí que entendía lo que me ocurría. La verdad es que cuando me puse en sus manos ya me encontraba bien, tranquilo y él me dijo que, precisamente, la ansiedad se va acumulando poco a poco y explota en el momento en el que uno parece estar más relajado. Me puso un tratamiento durante seis meses y todo mejoró.
Ya no he vuelto a sufrir un ataque de ansiedad. Y si en algún momento presiento que se avecina y que me puedo encontrar peor, como ya sé lo que es, puedo controlarlo e impedir que el problema se haga mayor.
«Me daba pánico el descontrol»
La verdad es que no me di cuenta de cuándo empezó todo. En general, me generaba pánico el descontrol. No soportaba la idea de que algo se me fuera de las manos.
Si ocurría, me sentía vencida y me machacaba a mi misma. Tenía la sensación de que no servía absolutamente para nada. No me sentía realizada en mi trabajo. Pensaba que todo mi esfuerzo no servía para nada. Es triste, pero cuesta darse cuenta de que nadie agradece lo que haces, por mucho empeño e ilusión que le pongas.
Da igual si lo haces bien, pero... Prepárate si te equivocas. Es como si una voz interior te dijera: «Da igual lo que hagas, sea lo que sea, no lo conseguirás».
Así que perdí por completo las ganas de ir al trabajo. No me apetecía ver a los compañeros, ni tenía humor para reírme con sus bromas.
¿Y que es lo que hacía? Canalizarlo con la comida, porque parecía que era lo único que sí podía tener bajo mi control. Lo más ridículo era que, a veces, ni siquiera eso conseguía tener en mi poder. Me obligaba a controlarme, me ponía metas, objetivos de lo que debía o no debía comer y cuando no lo cumplía, cuando me atiborraba, me entraba una angustia vital, se me aceleraba el corazón y la respiración y crecía la rabia. Sentía asco y me invadía la desesperación.
Pero la terapia psicológica me ha ayudado a darme cuenta de lo que encerraba dentro de mí y de cómo puedo enfrentarme a ello y evitarlo.